Jonás Trueba presentó su libro ‘El viento sopla donde quiere’ y la película ‘Besos robados’ en Pamplona de la mano del Ateneo Navarro

Jonás Trueba © Patxi Cascante

 «El cine no tiene por qué ser algo lejano. Todos vivimos dentro de una película que merece la pena ser contada»

El cineasta visitó Pamplona de la mano del Ateneo Navarro. Se reproduce la entrevista que concedió a Diario de Noticias (Ana Oliveira).

Gestionar las ilusiones, los deseos y la energía en todo. En la amistad, en la pareja, en el cine. Y conservar el entusiasmo. Es el mayor desafío al que se enfrenta casi a diario Jonás Trueba (Madrid, 1981). El cineasta reivindica el cine de andar por casa, el de las historias sencillas, pero trascendentes, y, en la era de la IA, se posiciona claramente frente a la dictadura del algoritmo.

 «El cine no tiene por qué ser algo lejano. Todos vivimos dentro de una película que merece la pena ser contada»

El cineasta visitó Pamplona de la mano del Ateneo Navarro. Se reproduce la entrevista que concedió a Diario de Noticias (Ana Oliveira).

Gestionar las ilusiones, los deseos y la energía en todo. En la amistad, en la pareja, en el cine. Y conservar el entusiasmo. Es el mayor desafío al que se enfrenta casi a diario Jonás Trueba (Madrid, 1981). El cineasta reivindica el cine de andar por casa, el de las historias sencillas, pero trascendentes, y, en la era de la IA, se posiciona claramente frente a la dictadura del algoritmo.

– A su paso por Pamplona ha participado en dos actividades: la presentación de su libro en Walden y la de la película ‘Besos robados’ en la Filmoteca. ¿Cómo se gesta la colaboración con el Ateneo Navarro?

– Ha sido gracias a Patxi Burillo, al que apenas conocía y que me saludó en septiembre en el Festival de San Sebastián. Esta vez he tenido más tiempo para charlar con él, y parece un tipo muy a tener en cuenta. Es arquitecto y uno de los proyectos de su estudio acaba de ganar el concurso para hacer en Pamplona el museo de la pelota vasca. Hemos hablado de cómo intenta compaginar el mundo de la arquitectura y un cierto activismo con respecto al cine aquí, en su ciudad. Es bonito encontrarte en distintos sitios con personas que hacen este tipo de propuestas casi a cambio de nada, porque les apetece. 

– Empezando por ‘Besos robados’, ¿por qué escogió esta película de Truffaut y de la serie de este personaje (Antoine Doinel)?

– Patxi me propuso presentar dos películas que estuvieran relacionadas de alguna manera con mi libro, y, hablando con él y con el responsable de la Filmoteca, decidí escoger una de Truffaut para el primer día y, ya para diciembre, una de Jonas Mekas. Tenía sentido porque son dos cineastas muy queridos para mí y, además, hablo mucho de ellos en los textos. En cuanto a Besos robados, la elegí porque me parece su película quintaesencial, si se puede decir así; la que recoge más claramente el tipo de cineasta que era.

– ¿A qué se refiere?

– Es una película que tiene una gracia particular y que aguanta muy bien el paso del tiempo. Además, está hecha de manera muy rápida, con cierta imperfección, ya que, en esos momentos, él estaba ocupado en otros asuntos; algunos personales y otros sociales y políticos. Hay que tener en cuenta que el rodaje tuvo lugar en Mayo del 68. Y me parece bonito reivindicar cómo, a veces, las mejores películas han sido hechas sin una gran pretensión y en medio de otras muchas cosas en las que la vida y el cine se mezclan. También por eso es una película que me ha gustado siempre, la he visto muchísimas veces desde que era joven, y creo que proyectarla es una oportunidad para gente joven que no la conozca y para quienes la vieron hace años.

– Y proyectarla en pantalla grande.

– Eso me parece fundamental en el día de hoy. Precisamente, durante la presentación del libro hablamos mucho de cómo el acto de ir al cine hoy se ha convertido en un gesto más fuerte de lo que era hace 50 años, cuando era casi como ir a misa o a comprar el pan. Las ciudades tenían muchísimas más salas de cine y el ocio estaba más limitado que hoy. Por eso digo que ahora me parece un gesto más decidido. Ya quedan menos cines, la gente va menos, pero la que va escoge con cuidado, hace un esfuerzo y toma una decisión más radical.

Truffaut dijo que el cine es más importante que la vida. ¿Dónde se sitúa Jonás Trueba respecto a esa afirmación?

– (Sonríe) Bueno, es que Truffaut es un personaje muy particular, muy único en la historia del cine. Esa frase está dentro de una de sus películas, La noche americana, y creo que lo que quiere decir en realidad es que el cine forma parte de la vida y apenas se distingue de ella. Él pensaba que el cine podía mejorar o enmendar la vida. Hay que tener en cuenta que Truffaut fue alguien salvado por el cine, tuvo una vida muy complicada y siempre se sintió en deuda porque ahí encontró un cauce para no matarse cuando era joven. Fue un chaval abandonado, no querido, que sufrió mucha precariedad y que se salvó cuando encontró las bibliotecas, los cineclubs… En ese ambiente conoció a personas que le ayudaron y que le dieron lo que no le daba su familia. Así que esa frase puede sonar fuerte, pero en su caso está cargadísima de significado.

A su paso por Pamplona ha participado en dos actividades: la presentación de su libro en Walden y la de la película ‘Besos robados’ en la Filmoteca. ¿Cómo se gesta la colaboración con el Ateneo Navarro?

–Ha sido gracias a Patxi Burillo, al que apenas conocía y que me saludó en septiembre en el Festival de San Sebastián. Esta vez he tenido más tiempo para charlar con él, y parece un tipo muy a tener en cuenta. Es arquitecto y uno de los proyectos de su estudio acaba de ganar el concurso para hacer en Pamplona el museo de la pelota vasca. Hemos hablado de cómo intenta compaginar el mundo de la arquitectura y un cierto activismo con respecto al cine aquí, en su ciudad. Es bonito encontrarte en distintos sitios con personas que hacen este tipo de propuestas casi a cambio de nada, porque les apetece. 

Empezando por ‘Besos robados’, ¿por qué escogió esta película de Truffaut y de la serie de este personaje (Antoine Doinel)?

–Patxi me propuso presentar dos películas que estuvieran relacionadas de alguna manera con mi libro, y, hablando con él y con el responsable de la Filmoteca, decidí escoger una de Truffaut para el primer día y, ya para diciembre, una de Jonas Mekas. Tenía sentido porque son dos cineastas muy queridos para mí y, además, hablo mucho de ellos en los textos. En cuanto a Besos robados, la elegí porque me parece su película quintaesencial, si se puede decir así; la que recoge más claramente el tipo de cineasta que era.

¿A qué se refiere?

–Es una película que tiene una gracia particular y que aguanta muy bien el paso del tiempo. Además, está hecha de manera muy rápida, con cierta imperfección, ya que, en esos momentos, él estaba ocupado en otros asuntos; algunos personales y otros sociales y políticos. Hay que tener en cuenta que el rodaje tuvo lugar en Mayo del 68. Y me parece bonito reivindicar cómo, a veces, las mejores películas han sido hechas sin una gran pretensión y en medio de otras muchas cosas en las que la vida y el cine se mezclan. También por eso es una película que me ha gustado siempre, la he visto muchísimas veces desde que era joven, y creo que proyectarla es una oportunidad para gente joven que no la conozca y para quienes la vieron hace años.

Y proyectarla en pantalla grande.

–Eso me parece fundamental en el día de hoy. Precisamente, durante la presentación del libro hablamos mucho de cómo el acto de ir al cine hoy se ha convertido en un gesto más fuerte de lo que era hace 50 años, cuando era casi como ir a misa o a comprar el pan. Las ciudades tenían muchísimas más salas de cine y el ocio estaba más limitado que hoy. Por eso digo que ahora me parece un gesto más decidido. Ya quedan menos cines, la gente va menos, pero la que va escoge con cuidado, hace un esfuerzo y toma una decisión más radical.

Truffaut dijo que el cine es más importante que la vida. ¿Dónde se sitúa Jonás Trueba respecto a esa afirmación?

–(Sonríe) Bueno, es que Truffaut es un personaje muy particular, muy único en la historia del cine. Esa frase está dentro de una de sus películas, La noche americana, y creo que lo que quiere decir en realidad es que el cine forma parte de la vida y apenas se distingue de ella. Él pensaba que el cine podía mejorar o enmendar la vida. Hay que tener en cuenta que Truffaut fue alguien salvado por el cine, tuvo una vida muy complicada y siempre se sintió en deuda porque ahí encontró un cauce para no matarse cuando era joven. Fue un chaval abandonado, no querido, que sufrió mucha precariedad y que se salvó cuando encontró las bibliotecas, los cineclubs… En ese ambiente conoció a personas que le ayudaron y que le dieron lo que no le daba su familia. Así que esa frase puede sonar fuerte, pero en su caso está cargadísima de significado.

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