Tomás Yerro

Tomás Yerro falleció el pasado 10 de abril. En los últimos años él mismo hablaba con inusual claridad de la gravedad del cáncer que padecía. Su estado de salud le permitió, tras varios años de voluntariado con grupos de personas mayores, establecer intensas relaciones con otros enfermos en su misma situación, así como reflexionar, en público y en privado, sobre la buena vida y la actitud ante la muerte. Pero como al mismo tiempo continuaba atendiendo un buen número de peticiones que le llegaban de entidades y particulares (para charlas, prólogos, presentaciones de libros, jurados de certámenes literarios, discursos en actos académicos, colaboraciones en prensa, lecturas públicas del Quijote, etc.), y mostraba la misma calma y afabilidad de siempre, su muerte ha causado, y no solo en el mundo de la cultura, una dolorosa conmoción. Nos habíamos acostumbrado estos cuatro últimos años a seguir disfrutando de Tomás Yerro, de su palabra y sus profundos saberes, de su trato siempre exquisito y su prudencia benéfica y cordial en cualquier encuentro donde estuviera presente, y, ante todo, de su gran y balsámica bondad. Ahora, y más allá de la aflicción de su familia y personas más cercanas, somos muchos, y muchas, quienes vamos a echar en falta su presencia y magisterio.

Tomás Yerro ha sido un gran profesor, con una excepcional capacidad de comunicación, y así lo han recordado ahora muchos alumnos que tuvo, y de todas las edades. Pero, al mismo tiempo, y gracias a su disponibilidad siempre generosa para atender las solicitaciones que recibía en el ámbito de la cultura (en particular de la literatura), Tomás fue creando, en más de cuarenta años, “una red de afectos muy valiosa”, como ha recordado la poeta Marina Aoiz, una trama alimentada por la gente a la que enseñó, aconsejó y ayudó, personas que no olvidarán haberse encontrado con Tomás y lo que significó en su formación y, a la postre, en su vida. El Premio Príncipe de Viana de la Cultura que el Gobierno de Navarra le concedió en 2019 fue una manera oficial de reconocer la admiración que la trayectoria de Tomás Yerro merecía.

El Ateneo Navarro, del que Tomás fue uno de los impulsores en los años ochenta del pasado siglo, siempre pudo contar con él cuando se le invitó a intervenir en actos de toda clase. Emilio Echavarren, amigo suyo y varios años presidente de nuestra entidad, ha escrito que “la luz de Tomás Yerro tiene muchos brillos”. El Ateneo Navarro, y muchos otros foros de Navarra, pudimos participar de esa luz en muchas ocasiones. Gracias, Tomás.